Os lo suplico, ayudadme: ¡Debo tirar a la basura mis fotos!

Fotos, fotos, fotos... me rodean, me acosan... ¡debo borrarlas!

Era de esperar: Nokia afirma que a lo largo de este 2014 se tomarán 880.000 millones de fotos. Yo añado un dato más: la mitad serán de mi familia. Pero no puedo parar de hacer fotos. El hecho de llevar siempre en nuestro bolsillo una cámara a punto de retratar cualquier instante, sea algo vital o algo de lo más intrascendente, nos está haciendo a todos muchísimo daño.

¿Tan interesante es mi vida? Desde luego, la mía no. Pero yo, aún así, sigo sacando fotos. Si me dispusiera a ocupar buena parte de mi vida en repasar e intentar organizar mi monstruosa fototeca –una decisión propia de un jubilado, un rentista o, simplemente, un inconsciente– el balance de trascendencia sería lastimoso. Pero estoy seguro de que el de cualquier usuario de lo digital también.

Porque señores, reconozcámoslo de una vez: lo fotografiamos todo. No sabemos, o nos importa un bledo, lo que es escoger el momento, el personaje, la situación... solamente disparamos y sumamos una instantánea más a nuestra memoria. O sea, a la del smartphone, porque la nuestra ya no es capaz, a esas alturas, de procesar y recordar tanta información chorra. ¿Que tu niño sonríe? Foto, que está muy guapo. ¿Que no sonríe? Pues foto también, que está muy gracioso así, con su carita de pedorro enfurruñado.ç

Tenemos más capacidad de almacenamiento que acontecimientos interesantes que conservar.

Tomamos una fotografía tras otra, hasta que el teléfono pide auxilio porque no le cabe ni un píxel más. Entonces habrá llegado el momento de conectar el cable, volcar 1.281 imágenes a una carpeta de tu escritorio (Tip: yo la llamo siempre “Para organizar”, aunque jamás llegue a hacerlo) y dejarla allí por los siglos. Y vuelta a empezar.

Me he propuesto reducir mi fototeca y todos deberían hacer lo mismo, aunque cueste decidir por dónde empezar. Pero una vez que te pones, incluso llegas a disfrutar. Para empezar, todos esos atardeceres y amaneceres fotografiados, a la papelera. Para eso ya están los del Serengeti en la National Geographic. Algunos tendrán muchas fotos de flores, plantas y bichejos, suelen ser de cuando aprendieron a usar el macro y el bokeh y estuvieron semanas desenfocando y acercando todo lo que se cruzaban. Prescindibles.

Es difícil meter mano a las fotografías del apartado Ráfagas, una técnica diabólica que ha provocado un daño a la humanidad equiparable al de la bomba atómica o los Cantajuegos. El listillo que ha inventado este modo de disparo según el cual, en lugar de obtener una foto mediocre de nuestro peque, nos llevamos 15 o 20 en los que figuran diferentes grados de torcedura de su boca, debería ser ajusticiado. 

Porque no seré yo, padre ejemplar, quien mande a la papelera una foto de mi hijo aunque en una tenga los ojos mal, en la siguiente falle la sonrisa y en una tercera haya movido el culete hacia donde no debía. De forma que la vida de mis hijos se cuenta por ráfagas, un estilo narrativo aún por normalizar pero, desde ya lo adelanto, bastante pelmazo a la hora de repasar sus obras. 

En el ámbito humanístico, están los selfies, las de amigos borrachos –siempre te da vergüenza volver a verlas– y las familiares. En estas se puede cribar muy fácilmente, seguro que ni siquiera podemos tragar a la mitad de los que salen. Total, que nos quedamos con las que nos resultan entrañables y aquellas en las que tenemos un familiar poniéndose en evidencia durante una boda, por si hay que utilizarla alguna vez en su contra. Fuera con el resto. Que no nos tiemble el pulso. Por desgracia, hoy en día todos tenemos más capacidad de almacenamiento que acontecimientos interesantes que conservar.