Maldigo el día en que mis hijos jugaron con el iPad

Mis hijos intentan arrebatarme mi adorado iPad

Si echo la vista atrás y hago memoria, creo que todo empezó hace cosa de un año y medio. Adriel comprobaba la robustez de los muebles del salón saltando sobre ellos con entusiasmo y decisión admirables, y a mi se me ocurrió poner sobre sus rodillas el iPad con alguna aplicación didáctica a modo de sedación desesperada.

Así lo hice y, esa aciaga tarde, mi hijo Adriel no sólo aprendió sobre colores, formas, números, alimañas de la granja de todo género y pelaje y los ruidos desagradables que estas producen... aprendió también que el iPad era una fuente de diversión más colorida, más viva, más sorprendente y divertida que cualquier otra cosa que hubiera visto hasta entonces, incluyendo golpear a su hermana mayor con fieles reproducciones metálicas de coches de carreras. Y, a partir de entonces, ya no quiso vivir más sin él.

Luego llegó Abril, su hermana pequeña. Observaba cómo su hermano se lo pasaba en grande confirmándole a la aplicación de turno que, efectivamente, el camión era rojo, y quiso participar de la fiesta.

Ahora bien, ¿cómo le explicas a una bebé de 12 meses que la pantalla táctil del iPad es capacitiva y no resistiva? Para Abril, si pulsar suavemente sobre la ovejita para asociar el lastimoso gemido con el que la app intenta representar un balido proporciona cinco puntos, pues es de cajón que golpearla con más brío daría, como mínimo, el doble.

Y así empezó a aporrear la sufrida pantalla del iPad, con ese devastador entusiasmo infantil que los niños le aplican a todo. Y así es como mi iPad ha terminado arañado, sobado, abollado y erosionado por la acidez de las babas.

Ya con los dos convertidos y rendidos a la causa del iPad, este empezó a convertirse en el objeto de deseo de la inquieta pareja en cuanto flaqueaba la programación televisiva infantil.

Lo agarraba el más rápido, se defendía mordiendo la más salvaje, se pegaban ambos por la custodia del irresistible dispositivo y terminaban llorando desconsolados cuando yo, harto de la batalla campal, colocaba el iPad en lo alto de la nevera. De los reproches pasaron a los sollozos y a los teatrales intentos de conmoverme y, finalmente, a un par de agresiones estériles contra mis rodillas.

Dedicí, entonces, que era el momento de cortar por lo sano y aparcar la tecnología por un tiempo antes de que mis hijos acabaran en la Clínica Betty Ford para Adictos al Tablet (CBFAT). Un niño es un niño, suena a perogrullada, pero también es una gran verdad.

El poder de atracción de los colores, animaciones,sonidos y musiquillas machaconas que pone en marcha cualquier app alojada en el iPad –y, por extensión, en cualquier tablet– supera la escasa o nula capacidad de un niño para ponerse a sí mismo límites.

No podemos poner en sus manos un “juguete” tan fascinante como éste y pedirle, media hora después, que lo abandone por iniciativa propia para ver un libro con dibujos de animalitos que, ni se mueven, ni mugen, ni bailan...

La tecnología tiene un doble filo: es tan fascinante, tan cautivadora, tan absorbente... que fácilmente supera a los peques. Y a muchos de nosotros.