Lo bueno, si además es gratis... doblemente sospechoso

¿Dice que todo esto es gratis? ¡No me lo creo!

Si mi abuela, sagaz y sensata, hu­biera conocido a Google en sus tiempos, sus actividades le hubie­ran escamado mucho. “Que qué dices que te regalan?”. Una cuenta de correo, abue­la. Y calendario. Y mapas de todo el mun­do. Y buscan las cosas por ti. También te regalan un espacio chiquito para guar­dar tus trastos virtuales, otro para tus fo­tos, videollamadas con tus amigos, te tra­ducen los textos... y todo gratis, abuela, créame. “Tú lo que eres es un pardillo”, hubiera sentenciado ella, negando con su cabeza, del todo escéptica.

La teoría dice que Google vive de la publi­cidad, principalmente. AdSense, Google Ads... y, sobre todo, AdWords, esos que destacan por chivatos y acusicas. Todos los conocemos, esa columnita a la derecha con anuncios relacionados con nuestras búsquedas y ese destacado en la parte su­perior que, pese a ser poco intrusivos en su forma, son impertinentes en su con­tenido. Porque son eficaces, los malditos.

Google Adwords son unos anuncios de lo más chivato y acusica

Google, como diría mi abuela en sus sapientísimas conclusiones, “no da puntada sin hilo”. Busca por ti, sí, pero a cambio monitori­za tus búsquedas, se queda con tus hábi­tos, tu localización, tus gustos, tus proce­sos digestivos... todo. Y te lo devuelve en forma de anuncios que, con un porcen­taje alarmante, dan en la diana.

Esto tiene el agravante, además, que días después te­cleas inocentemente “rock and roll” en tu buscador teniendo a un amigo al lado y Google AdWords te lista una serie de intereses vergonzantes que ha relaciona­do repentinamente con quién sabe qué otras búsquedas que realizaste a escondidas en una noche de debilidades. “Esto... To­más, ¿por qué estábamos buscando rock and roll y AdWords te sugiere el disco Zarzuelas Inmortales? Debe ser un fallo, le digo sonrojado a mi amigo Luis mien­tras le propino unos fuertes cachetones a la CPU del ordenador para hacer ver que algo no está funcionando bien.

Pero volvamos a su modelo de negocio. Me imagino a mi abuela, sagaz y sensata, sorprendida ante las fotografías que yo le hubiera puesto en pantalla de la sede ca­liforniana de la compañía: “¿Quién paga el alquiler de todo esto, el tal Sr. Google?” interrogaría ella. No sé, abuela, supon­go que con los beneficios, defende­ría encogiéndome de hombros. “¿Pero qué beneficios si te lo re­galan todo, Tomi?.” Puessssss... es que po­nen anuncios pequeñitos en los servicios que nos dan, y por esos sí ganan dinero. “Esos señores tienen muchos metros y con esos grandes ventanales... ¿para qué tanta gente, para poner anuncios?

Eso no se paga fácil, insistiría ella.” Y yo ya no sa­bría explicarle. El modelo de negocio de Google brilla tanto que inevitablemen­te pienso que, en lugar de oro, tal vez esté recubierto por una gruesa capa de pur­purina. Intento alejar ese pensamiento oscuro y en estas oigo a mi abuela, con­cluyendo: “Tú lo que eres es un pardillo”.