Cuidado: otras redes sociales andan a la caza de tus hijos

Las redes sociales están merodeando, a la caza de tus hijos

Las compañías más avispadas abren mercados y buscan renovar sus clientelas: con adolescentes y jubilados ya enganchados a las redes sociales, solo les queda una presa que hasta ahora se resistía: los niños.

No hablo de software educativo, ni de apps infantiles o cuentos interactivos. Tampoco de adaptaciones más o menos acertadas de las series, programas televisivos y personajes infantiles icónicos para la chavalería: Dora la exploradora, Mickey Mouse, La Princesa Sofía, Belén Esteban...

Lo que veo últimamente y me asusta, es la diabólica estrategia de muchas compañías que pasa por desarrollar versiones para niños de su software social para adultos. Versiones seguras, sí, sin lenguaje malsonante, sin imágenes subidas de tono... pero sin pensar en que esos no son los únicos inconvenientes del uso y el abuso de las redes sociales.

Empezó con la televisión. Ellos fueron los primeros, ellos empezaron adaptando los concursos y programas que cautivaban a sus papás. La televisión, agotada de ideas, sustituyó cuatro decorados y un par de presentadores para reciclar fórmulas de éxito y presentarlas de una forma atractiva para los más jóvenes.

Y así nació MasterChef Junior, La Voz Kids, Tu cara me suena Mini... y yo apuesto a que tenemos en camino otras adaptaciones como Telediario Baby, La Santa Misa Junior... El filón puede ser inagotable. Y un suplicio, al mismo tiempo.

Así que, visto lo visto, era cuestión de tiempo que, por ejemplo, Twitter decidiera poner en el mercado una versión infantil de Vine, la red para compartir vídeos breves.

Con Vine Kids, los niños pueden sentirse igual de importantes que sus papás perdiendo el tiempo con la reproducción de vídeos de un perrito comiendo pasta de dientes, el trompazo de una octogenaria tras resbalar sobre suelo fregado, un niño imitando a Michael Jackson frente al espejo o cualquier otra escenita simpática pero, en el mejor de los casos, intrascendente. En el mejor de los casos.

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Y, eso sí, provenientes de una selección de escenas limpias y filtradas para evitar cualquier objeción que apele a la moral, madurez o educación de los infantes usuarios. Todo muy blanco, todo muy inocente.

Si incluso puede ser algo edificante, como los juegos sociales para niños que enseñan valores, desarrollan talentos e invitan a que el niño se haga amiguitos virtuales hasta en Brunei. Todo ventajas y beneficios.

Pero el problema es, por resumirlo en una frase, que no es el momento. No podemos querer que nuestros hijos jueguen al pilla-pilla o lean un cuento por la mañana y por la tarde participen en interacciones sociales con música, diversión fácil de masticar y muchos colores.

Y si resulta que sí que lo queremos, muy pronto comprobaremos que dejará de interesarles la mañana y contarán las horas que faltan para la tarde. Porque no pueden distinguir aún –al igual que muchos adultos tampoco somos capaces– entre la diversión conveniente y la diversión intrascendente. 

Porque son pequeños para tener un móvil, un avatar, una vida social en la Red y amigos en Brunei. Porque si lo tienen, no juegan en la calle, no hablan con sus amigos, no comparten con sus padres, no pegan patadas a las piedras y tan sólo cuentan las horas que falta para volver a situarse delante de una pantalla, sea cual sea el tamaño o el contenido.

Porque la tecnología puede -y debe- ser parte de la vida de un niño, pero no serlo todo. Porque debe vivir CON la tecnología, no PARA la tecnología. 

Porque es solamente un niño, caray.