No me gusta la informática ni la tecnología. ¡Dejadme vivir!

Mi primo es un torpe informático y quiere seguir siéndolo

A mi primo Ismael no se le da bien la informática. Ni bien ni mal, no se le da. El bueno de mi primo siempre fue así, pobrecito mío. Cuando los colegas nos juntábamos en torno a un CPC 464 para jugarnos unas partidas al Aliens, él prefería abrir un comic.

Cuando arrancamos por primera vez, temblando por la emoción, un Amiga 500 y nos dio un vuelco el corazón al escuchar la increíble música del Shadow of the Beast, él bostezaba visiblemente y preguntaba que cuándo íbamos a bajar a la calle a tirarnos unas piedras.

Pronto nos dimos cuenta de que era un caso imposible. Fue el último de la familia en comprarse un móvil, no tiene un Smart TV y la única vez que entró en una Apple Store fue para preguntar si iba bien para coger el bus que va hasta Cuatro Caminos.

No es que no le guste la tecnología. Es que le importa un pepino, así de claro. Es un torpe con los ordenadores, no los entiende, no le gustan, no los ve útiles ni divertidos. Y quiere reclamar algo, especialmente a los tecnófilos proselitistas: que le dejen el alma en paz.

En principio, su marcada tecnofobia no tendría que ser un problema. Es decir, mi primo puede llevar una vida normal sin que la más reciente tecnología tenga por qué invadir su vida. Él no se mete con la tecnología y ella tampoco le provoca. Es, lo que se dice, un pacto entre caballeros.

Él no quiere practicar el doble clic, ni cree que la felicidad se mida en gigaherzios

Pero los tecnoacólitos más radicales no lo entienden así. Insisten una y otra vez para que mi primo se una a la marea tecnófila. Le llaman, le invitan, le regalan gadgets... y, sobre todo, le conminan una y otra vez a que aprenda a manejarla.

Ellos creen que conocerla es amarla, así que mantienen la teoría de que, a poco que mueva el ratón con soltura, eso será un no parar y ya no habrá quien le despegue del monitor. Pero Ismael no quiere practicar el doble clic, ni cree que la felicidad se mida en gigaherzios.

Lo que nos pasa a los tecnófilos es que nos ponemos un tanto pesados con el tema. Creemos que no sólo estamos en posesión de la verdad, sino que nuestra verdad es la más guay y la que más píxeles tiene.

Pero Ismael piensa de otro modo. Él cree que, si la tecnología no se le da, el problema no es suyo sino de la propia tecnología. Mi primo mantiene la teoría de que su smartphone tiene que doblegarse a él y no al revés.

Por eso, cuando se ve inevitablemente abocado a comprarse un gadget, se niega a leer manual alguno. Dedica, rezongando y de mala gana, dos minutos al dispositivo, toca aleatoriamente cada botón y, si no averigua su funcionamiento general, lo coloca encima de un mueble sentenciando: “problema del cacharro este, que no se sabe explicar”.

Cree que su smartphone tiene que doblegarse a él y no al revés

Y ahí sigue el mueble en cuestión, todo un cementerio repleto de cachivaches fallidos que no han querido, o no han sabido, explicarse. Y cuando algún amigo tecnófilo se empeña en convencerle de las bondades de un gadget y sigue erre que erre, pese a cosechar bostezos y bufidos como respuesta, mi primo le sitúa mentalmente en su mueble-cementerio metafórico y piensa: “problema del pesado este, que sigue queriendo explicarse”. Así es mi primo Ismael.