Amigo Captcha, ¿Puedo saber por qué me odias?

Odio Captcha y su supuesta eficacia

Estoy seguro de que no soy el único al que cada día le cuesta más superar la difícil prueba del Captcha. Ya sabéis, el sólido método de seguridad compuesto por dos palabras distorsionadas que debemos adivinar a fuerza de entornar los ojos, inclinar la cabeza hacia uno u otro lado y ensayar expresiones faciales que dejarían al histriónico Jim Carrey a la altura de una esfinge pétrea. Vale, tendrá su razón de ser. Hay toda una hipótesis acerca de que una máquina no puede interpretar correctamente la secuencia que muestra Captcha.

Hablo de máquinas competentes, no como mi robot de cocina, un portento de inteligencia artificial según la monísima vendedora que me lo ha endilgado, pero incapaz de advertirme de que he echado melocotón en el vaso de aluminio en lugar del aguacate que exige para hacer su “Guacamole Riviera”. ¿Y qué sé yo, si todas las frutas se parecen tanto entre sí?

Volviendo al dichoso Captcha. Primero eran palabritas cortas, como “aro” o “heno”. Pero a medida que la tecnología OCR se perfecciona, los maquiavélicos enanitos de Captcha que diseñan nuevas pruebas para dificultar el desafío presentan más ruido en el resultado final que un concierto de Motorhead: le ponen líneas para tachar la palabra, luego tuercen esas líneas, luego las hacen más gruesas, luego hacen bailar a los caracteres... mis ojos no pueden más. ¿No podemos ser amigos?

Tiene que haber una alternativa a este método despiadado. Tal vez sean más eficaces los temibles desafíos intelectuales, también conocidos como preguntas de seguridad para memos. Supongo que la teoría apunta a que si alguien no es capaz de responder “2 +3”, “Después del martes viene el...” o “¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?” es un malvado bot impostor que intenta colarse. O puede ser mi tía Remedios, que cuando le pusieron como pregunta de seguridad “Entre ceja y ceja tienes...” tecleó sin dudar ni un segundo: “la Merche”, su archienemiga del alma.

Lamentablemente, hoy por hoy sigue siendo el incómodo Captcha el método más usado. Y yo me siento como un fracasado porque demasiado a menudo tengo que “recaptchear” un par de veces antes de que la palabreja deformada signifique algo inteligible para mi. Le doy, le doy... hasta que creo haber interpretado correctamente el lisérgico mensaje que aparece en pantalla y asumo, hecho un manojo de nervios, el difícil desafío: en esta ocasión, se trata de “mandril” y algo que parece... esperad un momento que enarque las cejas, guiñe un ojo, levante un hombro y tuerza la cabeza en dirección Albacete. Ah, sí, “tungsteno”. Vaya, pues no era. Toca seguir jugando...