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Si no existiera Apple habría que inventarla…aunque luego uses Windows o Android

Muchos piensan que a Apple o la amas o la odias. Personalmente, y sin considerarme ni de lejos un fanboy de la marca de la manzana, considero que si Apple no existiera habría que inventarla por el bien de todos los usuarios. Aunque nunca compres uno de sus productos.

Apple AirTag

Unsplash

Es posible que, en base al titular de este artículo pienses que esta va a ser la oda de un fanboy a la marca de la manzana mordida. Nada más lejos de la realidad.

Sin embargo, más allá de los debates sobre el precio, las prestaciones o el diseño de sus productos, si algo hay que reconocerle a Apple es que ha sabido sacar el látigo contra sus rivales y espolearlos para que mejoren sus productos.

Como esas madres que pasan el aspirador a las 9 de la mañana de un domingo y al grito de “Despierta, que es ya es tarde” te saca de la cama de un salto contra tu voluntad. Tiremos de hemeroteca para verlo con la perspectiva que nos da el tiempo.

Allá por 2007, Nokia dominaba con mano férrea un mercado de la telefonía donde todo era campo. Prácticamente un solar en el que la firma finlandesa se limitaba a contratar a diseñadores que crearán los diseños más alocados. Eso sí, lo hacían a conciencia y con materiales derivados del Adamantium a juzgar por la dureza que tenían móviles como el Nokia 3310.

El caso es que el 9 de enero de 2007, este año se cumplen 15 años, Steve Jobs subió al escenario del centro de convenciones de Moscone West, en San Francisco, y pronunció esta frase: "Hoy, Apple va a reinventar el teléfono”

Nokia, que había estado una década a por uvas, se bajó de la telefonía. El resto de la industria ha florecido hasta nuestros días gracias a la sacudida derivada de que Steve Jobs se marcara un triple aquel día subiendo al escenario con un smartphone que, en aquel momento, solo funcionaba en parte.

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La historia se repite un año después, cuando el propio Jobs se subió de nuevo al escenario y le puso las pilas al sector de los portátiles, apalancados en una burbuja a punto de explotar, con un azote en forma de Macbook Air.

La reacción a ese producto fueron los ultrabooks equipados con procesadores Intel y sistema operativo Windows, unos portátiles ligeros y compactos con modelos que hoy son referencia en la industria como los Dell XPS 13, o los Surface Pro de Microsoft.

En 2020, la inquieta Apple volvía a ponerse el mono de trabajo y, atizador en mano, se disponía a levantar las alfombras y abrir las ventanas de la industria de los procesadores donde Intel y AMD se habían estado repartiendo un cuantioso pastel durante más de cuatro décadas. Olía bastante a cerrado y a refrito.

Un solo procesador que Apple nombró como Apple Silicon M1, en el que se integraban conceptos de fabricación que ya estaban disponibles hace una década, ha bastado para sacarles los colores a gigantes como Intel, AMD y Qualcomm que juraban que obtener ese rendimiento no era posible.

Lejos de quedarse ahí, Apple parece dispuesta a azuzar el avispero montándolo en variedad de dispositivos como en los iPad Air 5, mejorar la potencia con el M1 Pro como el que montaba el MacBook Pro de 14 pulgadas que ya analizamos, el impresionante M1 Max del Mac Studio o la genial idea de juntar dos M1 Max para crear el M1 Ultra que pone firme a la mayoría de procesadores de Intel o AMD.

Como ves, independientemente de que uses o no sus productos, Apple ha sido el acicate necesario para que la industria tecnológica no procrastine ni se recree en lo superfluo. Como las collejas mi abuela cuando me pasaba de listo para no hacer mis deberes del cole.

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Sin esas “collejas” –pescozones las llamaba ella— hoy los móviles Android serían mucho peores (o lo que es peor, con los diseños de los Nokia de los 2000), los portátiles serían menos potentes y quién sabe si los M1 conseguirán que tu próximo portátil o PC sea mucho más compacto y eficiente, aunque monte un procesador Intel.

Si a mi abuela le funcionaron conmigo, ¿por qué no le iba a funcionar a una gran multinacional? ¡Si es que son como niños!

Al final no importa si se llama Apple, Tesla o Netflix, el resultado final de que una empresa con ideas frescas remueva el avispero es que el usuario se beneficia de una innovación real independientemente de si compras o no sus productos o servicios.

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