Abraza enchufes: los esclavos tecnológicos del siglo XXI

abraza enchufes

Es el drama del siglo XXI, al menos en los países desarrollados -está claro que para conflictos no damos abasto últimamente-. Un drama que se acentúa a partir de la segunda década de este siglo, con la democratización del smartphone, la tablet y resto de gadgets de uso diario: nunca hay suficientes enchufes.

Hasta hace poco, pongamos años 90, el mayor problema que teníamos eran las instalaciones eléctricas de nuestras viviendas. Si tenías una casa antigua, o de alquiler, de esas en las que el dueño no había puesto demasiado interés en el número y colocación de los enchufes, estabas jodido, con perdón.

Para enchufar, al mismo tiempo, el flexo que habías heredado de tu padre, ese portátil sin WiFi con el que hacías los deberes, y tu Nokia 3210 -serpiente incluida- tenías dos opciones: buscar enchufes como loco por debajo de camas y detrás de armarios, o hacerte con el mejor invento de la humanidad desde la rueda, casi al nivel de la gaseosa: el ‘ladrón.

Qué nombrazo, oye. El LADRÓN. Ese bicho que te permitía enchufar hasta tres cacharros al mismo tiempo en el mismo enchufe. Genialidad. También podías instalar una regleta, mismo concepto pero con menos carisma.

ladron enchufe

El único inconveniente del ladrón es que no permitía enchufar a la vez determinados cargadores. Eran particularmente problemáticos los cargadores de portátiles, tamaño XXL por aquel entonces, y que tenían la costumbre de tirar abajo el ladrón independientemente del tiempo que emplearas en maniobras de circo para intentar balancear el peso de los distintos cables.

Avancemos mentalmente hasta la actualidad. 2014, el año del smartwatch y las pulseras cuantificadoras. Todavía no veo uno en cada muñeca, pero tiempo al tiempo.

Porque Google, con Android Wear, y marcas potentes del sector, como Samsung, LG, HTC o Motorola, están empeñadas en popularizar el uso de estos gadgets. Una moda a la que se apunta casi todo el mundo. Todavía no ha aparecido Apple en escena, pero no tardará en hacerlo -septiembre, seguramente-.

En el momento en el que se popularice el uso de estos dispositivos, nos convertiremos en auténticos esclavos del enchufe, zombies hambrientos de electricidad. Si es que no lo éramos ya, claro.

Echen las cuentas: portátil, smartphone, smartwatch o pulsera cuantificadora, tablet y eReader. Por no hablar del cepillo eléctrico o la máquina de afeitar, claro. Da miedo.

A mí, al menos, me tiene aterrorizado. Os cuento todo esto porque el susto de anoche fue tremendo, al intentar cargar el móvil y ver que ni con dos regletas de 5 enchufes cada una tenía suficiente. Fue una revelación, un shock filosófico. Qué estamos haciendo. Cuándo va a terminar esta locura. Cuándo vamos a dejar de ver móviles cargándose en el baño o junto a la tostadora.

Y eso en casa. Porque cuando salgo de viaje, o de vacaciones, hace tiempo que meto en la maleta dos cosas que jamás me hubiera imaginado tener que llevar: una regleta o ladrón y una -o dos- baterías portátiles, bien cargaditas, por si alguno de los dispositivos mencionados anteriormente se queda sin batería y no contamos con un enchufe cerca.

De esto se deducen dos problemas adicionales: la falta de enchufes en lugares públicos y la poca -parece que cada vez menos- duración de las baterías de nuestros gadgets.

Imagino que ya habéis visto uno de los últimos anuncios de Samsung, ridiculizando a Apple por la poca duración de sus baterías, y acuñando el término de “Abraza Enchufes” para los usuarios de iPhone. Nos sirve de ejemplo para ambos problemas, pero empezaremos por el segundo, la duración de nuestras baterías.

Si bien es cierto que el iPhone no se caracteriza especialmente por la gran duración de su batería, Samsung tampoco puede sacar pecho de esa manera. Ni Samsung, ni ninguna otra marca. No hay smartphone actual que supere el día y medio de autonomía con un uso ‘extensivo’. Dan igual las milongas que os cuenten. No existe ese móvil, al menos por el momento.

Abraza enchufes somos todos. Todos y cada uno de nosotros, hasta que se apueste de verdad por la mejora de las baterías, con nuevos materiales y novedosas tecnologías. Todos los meses leemos algo al respecto, y de inmediato nos emocionamos.

Que si Apple está trabajando en iPhones cuyas baterías duran una semana. Que si han conseguido crear un ánodo de Litio, el santo grial de las baterías.

Cada mes hay algo distinto, pero mi smartphone sigue cargándose todas las noches, aunque cuente con pantalla Full HD, navegue más rápido que la fibra óptica, corra juegos con mejores gráficos que algunas consolas o grabe vídeo en 4K aunque luego mi tele no lo reproduzca.

Es la eterna pregunta. ¿Por qué parece avanzar todo menos la duración de las baterías? ¿O es precisamente porque todo lo demás avanza? Igual si dejáramos de mejorar la resolución de las pantallas hasta límites casi imperceptibles por el ojo humano, al tipo que desarrolla las baterías le daría tiempo a darnos 2 horas más de vida útil. Quién sabe.

estación de carga aeropuerto

Nos queda el segundo problema: la falta de enchufes en lugares públicos. Hace un par de meses pasé por Heathrow, uno de los aeropuertos de Londres, y casi lloro de la emoción al ver enchufes en todas partes, en cada asiento, en cada sala de espera. En Barajas no hay. No sé cómo estará el tema en el resto de aeropuertos españoles, pero me temo que no mucho mejor.

Porque si tenemos que ser abraza-enchufes, si tenemos, por narices, que convertirnos en sus esclavos, al menos no nos obliguéis a pelearnos por el enchufe del baño. Poned estaciones de carga en los edificios públicos, por la calle, en lugares turísticos, en los aviones.

Hace 10 años, una persona encerrada en el servicio de un vagón de Renfe durante 30 minutos podía estar haciendo de todo: desde meterse cualquier tipo de sustancia alucinógena hasta apuntarse al club del sexo en el tren.

Sin embargo, si hoy no puedes miccionar tranquilo durante tu viaje, ya te imaginas que la persona que lleva dentro 20 minutos está cargando su smartphone o su portátil. Y es algo muy, muy triste.