Vivir sin tecnología... ¿realmente es posible?

¿Es posible vivir sin la tecnología?

Escuché acerca de Alex hace unos días, directamente de la boca de su hermano José que dejó caer su nombre y condición durante un desayuno entre tecnófilos. A bocajarro, sin darle importancia: “Mi hermano Alex no tiene móvil”. Murmullos del respetable. “No, si la cosa es que no lo quiere”. Los murmullos subieron de tono y se intercalaron algunas interjecciones despectivas. “Es más –insiste José– asegura que no lo necesita”. Clamor general, algunos se desgañitan gritando, otros empuñan hoces, antorchas y guadañas y exigen su dirección para ir a visitarle.

Minutos después, con las armas a un lado y los argumentos más encendidos en lo alto, se inició un apasionado debate que José aprovechó para distraer de la mesa de desayuno un par de bollitos que, por justicia, no le correspondían. ¿La conclusión? Bueno, hubo dos. La primera, que José es un caradura y nos debe unos bollitos. La segunda, que pensábamos que a día de hoy nadie podía sustraerse a la irresistible, fascinante, glamorosa y, sobre todo, utilísima tecnología. Pero sí, parece que algunos sí que hay. 

Con mis hijos peleándose por el iPad en casa, me resultaba difícil de creer...

Para colmo, esta mañana en el metro, iba un chico joven que no estaba mirando la pantalla de su smartphone o tablet. De hecho, no tenía. Ni consola, ni libro electrónico. Vamos, ni una maldita novela impresa, revista o periódico. Ni siquiera el talonario de cheques descuento que reparten periódicamente en el suburbano. Lógicamente, todos en el vagón estábamos un poco violentos.

Una chica muy amable, visiblemente incómoda, avanzó hasta el muchacho y le ofreció su propio tablet: “Te lo puedo dejar hasta Moncloa, yo me las arreglo con mi smartphone”. “No, gracias”, contestó el chico con una amplia sonrisa, “Es que estoy con mis cosas, a mi aire”. “Ahhhhhhhhhh –respiró aliviada la chica– entonces es que tienes Bluetooth”. “Errr... no. Verás, es que vengo pensando”. La chica forzó a duras penas una sonrisa y giró hacia el lado contrario mientras torcía la boca en un gesto de incomprensión. Pobre chico. Vive sin tecnología.

Poco hemos tardado en revertir los papeles. Venimos de los tiempos en que la tecnología daba sus primeros pasos, en que mi madre pensaba que conectando mi Spectrum al televisor me lo cargaba o que sacaba un ladrillo-móvil en público y me veía como un miserable snob, sintiendo la obligación de justificar por qué lo llevaba conmigo cuando había tantas cabinas telefónicas en la ciudad.

Y ahora vivimos en los días en que mi madre no concibe que no tenga una conexión a la Red en todo momento para consultarle un dato de última hora sobre uno de sus achaques, o que mis amigos me llamen de todo si me presento ante ellos con un móvil que lleve más de un año en el mercado. Y tampoco es eso. La tecnología ya forma parte de nuestras vidas, pero una parte no es el todo. De cuando en cuando, apaguemos nuestros dispositivos y... pensemos. ¿Recordamos cómo era?